Aula Soriano

Fecha publicación: 24/01/2023


Tiempos Latentes

Se ha hablado mucho de Tiempo y Arquitectura. Desde esa distancia lejana que toman los críticos e historiadores poniendo su mano a modo de visera sobre los ojos para no ser deslumbrados por los reflejos del vibrante presente, inmoderadamente brillante… La que toman desde el horizonte de la razón de las verdades impolutas. A demasiada distancia de los caminos diarios.

Pero no se ha hablado tanto del tiempo y del proyecto. Tiempo para el proyecto, ¿Cuánto tiempo necesitáis? ¿Cuánto tiempo os reclama? Son dos cosas diferentes. ¿El tiempo se relaciona con el rigor o con la precisión que alcanzará el proyecto? Como sabemos, en el Master Habilitante, con toda su intensidad concentrada, con tantos frentes a conjugar, es un dato inicial que hay que asumir, y que no daña la intensidad ni la esencia de este.

Pero tampoco, es sobre el Tiempo del proyecto. ¿Un proyecto tiene tiempo? Hasta una roca tiene tiempo. ¿Un proyecto viene de algún sitio? ¿Tiene un pasado? ¿El proyecto es sólo el futuro anticipado de un presente? ¿Es el instante de su construcción? ¿Un proyecto tiene un tiempo genético que le dé constitución de vocación eterna o de transformación futura? ¿Sus materializaciones tienen en cuenta los rasguños del tiempo? ¿Caducará inevitablemente? ¿Seregenerará? ¿Nos ponemos a pensar en un futuro desde el montículo del hoy, desde las referencias del pasado o desde la evolución del día después?

A veces se ha pensado en ello, o se ha dibujado. Envejecidos, o reciclados, o reconfigurados en alguna de las capas que lo constituyen, o obsolescidos, o refachadizados, o desaparecidos o tardando tanto en salir a la realidad que quedan olvidados. “…me lanzó en manos del Tiempo… haciéndolo avanzar con tal rapidez que me encontré al final de la vida de un edificio” decía Miralles. O renacidos, o regenerados, o clonados.

Todo proyecto tiene un tiempo genético, latente, que viene determinado por nuestra manera de entender lo que es un hecho arquitectónico y que acaba aflorando en los programas, en los materiales, en la forma, en su estabilidad, en su transformabilidad, en su belleza, en las capas o estructuras constitutivas, en el atuendo… No es neutro, no es intemporal. No se puede extirpar como quería el Movimiento Moderno. Los edificios duran muchos años, pero eso no significa que tengan un tiempo infinito, ni tampoco que sean entidades precocinadas congeladas. Un proyecto también es un ángel del tiempo.

El Ángel del Proyecto se ve impulsado hacia adelante por unas tempestades de acontecimientos, que no ve, incontroladas, ordenadas, caóticas, que soplan a su espalda, rugientes, que otros ángeles, -entre ellos el de la Historia pero también el de la Economía-, le describen y ordenan a su manera para intentar ayudarle en su movimiento zozobrante, a veces turbulento, a veces errático.

Que no ve, porque su rostro mira hacia el futuro. Pensando que el impulso le lleva al Paraíso. Esperanzado en el resultado, intentando decidir si llegará, si allí se encontrará el final. Lamentablemente, intuye, que acabará en otro paisaje como el que deja atrás. El impulso sigue empujándole sin remedio y sin pausa.

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